Uno no piensa en lo que duele. Quizás por eso, nunca me pensé escribiendo en pasado sobre Aurelio. Siempre estaba ahí, cuando le necesitaba, cuando me surgía una duda que nadie podía resolver con mejor juicio, cuando necesitaba una perspectiva distinta de lo que la política y la vida deparaba a nuestro país, o simplemente cuando me apetecía escucharle o saber de él. No voy a acostumbrarme a su ausencia.
Le conocí cuando, en mi primera visita a la Universidad Autónoma de Madrid, acogida en una mesa de la biblioteca del área de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social, él visitaba aquel santuario en busca de la última monografía, de un artículo perdido de la revista de Política Social o quizás de algún clásico que, por alguna razón extraña, no tenía en su biblioteca particular. Pocas palabras crucé con él en aquellos días, impresionada por su condición de magistrado del Tribunal Supremo. Y, sin embargo, apenas unos meses después me recibía en su casa, siempre disponible y dispuesto a leer y releer las sucesivas versiones de mi tesis doctoral. Creo que entonces, subyugada por la opinión que Aurelio pudiera tener de mis primeros escritos, no era consciente de lo que, sin merecerlo, se me estaba dando. Pero sí supe, y agradecí desde el primer momento, que, sin ninguna obligación ni motivo, fue la primera persona que me abrió las puertas de su casa, que dio valor, dedicando parte de su valioso y escaso tiempo, a mi trabajo.
Desde entonces, creo que Aurelio ha leído todo lo que he escrito y publicado, al menos todo lo que yo creía que podía tener algún interés o relevancia. Siempre he necesitado su opinión crítica, su valoración y su placet. Hace apenas unas semanas hablábamos de mi último trabajo, que se leyó con una premura que, sin yo pedírselo, sabía que necesitaba. Me regaló en varias ocasiones la posibilidad de publicar con él, me ofreció oportunidades que podía haber destinado a otras muchas personas, me apoyó cuando valoré la posibilidad de cambiar mis horizontes profesionales, me aconsejó y acompañó en momentos difíciles.
A la vez que me leía, me corregía y me enseñaba, Aurelio se convirtió, de forma tan natural como imperceptible, en un referente imprescindible para casi todo, aunque nada tuviera que ver con el derecho. Las charlas en su casa de la calle Sirio o de El Escorial dieron paso a buenos ratos en la conocida cervecería Santa Bárbara que, cuando ya no fue posible, sustituimos por cualquier otro lugar, cuanto más modesto y acogedor mejor, y finalmente a largos paseos por su barrio o por el mío. En algunas ocasiones, acompañados por Jesús Mercader, en otras por otros buenos amigos, Enrique Juanes, Félix Herrero, Juan Damián o Pablo de Lora y, en muchas más, tan solo Aurelio y yo. Las conversaciones sobre cine, sobre literatura o política se hicieron habituales. Una parte no poco importante de mis mejores libros y novelas los debo a sus generosos regalos o a sus imperativas y cariñosas recomendaciones. Conocerle me permitió conocer a su familia, a su mujer, Lola, a sus hijas Eva y Elena, y compartir la devoción que sentía por sus nietos, expresada en poesías, en lecciones de filosofía o en tímidas pero emocionadas palabras de afecto. Conocerle me permitió reconocerle como un hombre sabio, como un hombre bueno, generoso con su tiempo, respetuoso siempre con las opiniones ajenas.
Nunca le agradeceré bastante porqué, sin haber hecho nada para merecerlo, me dedicó su tiempo, se interesó por lo que yo pudiera contarle, estimó que podían serle valiosas mis opiniones, me escuchó y me ofreció su criterio. Solo encuentro la respuesta en su generosidad desinteresada.
Por todo ello, me siento afortunada y profundamente agradecida. Me queda el consuelo de saber que él lo sabía, aunque, con esa humildad y sencillez que le caracterizan, nunca me dejó decírselo. Poco dado a homenajes o a palabras y expresiones grandilocuentes de agradecimiento, no se si le gustaría leer estas líneas, probablemente torpes e insuficientes, pero llenas de cariño y gratitud. He omitido conscientemente las palabras maestro y amigo. Él diría que son excesivas, que no hacen falta. Pero, a pesar de no estar de acuerdo, me disculparía y seguiría conversando de otras cosas. Así es Aurelio.

