Con Aurelio Desdentado en la memoria

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El fallecimiento de Aurelio Desdentado ha sido uno de los más duros golpes que he recibido en mi vida, solo semejante al que en su momento viví al fallecer mis padres. Y es lógico porque Aurelio era, en gran medida, mi padre intelectual. La persona que, a lo largo de los años, fue decisivamente fraguando mi carácter como persona. Y es que, como en alguna ocasión le dije, yo hubiera sido alguien distinto de no haberle conocido. En los largos paseos por el Retiro, la Cuesta de Moyano o en las montañas de Guadarrama, me trasladó que el conocimiento de la vida va más allá del Derecho y que está en la filosofía, en la literatura, en la ciencia política, en el pensamiento del ser humano. Nada en la reflexión intelectual le era ajeno, todo le interesaba. 

Recuerdo con plena nitidez el día que le conocí. Debía de ser a mediados de 1984 cuando un día apareció en el Curso Especial de Derecho del Trabajo de la UAM con una espesa barba y una muleta fruto de una rotura en una de sus piernas (tiempo después andando por la Pedriza me enseñaría el concreto lugar en el que se tuvo que “descolgar” y en el que sufrió el accidente) para hablarnos de “El futuro de la Seguridad Social”. Para mí, en ese momento era ya un mito. Había leído muchos trabajos suyos y admiraba su fuerza intelectual y su entendimiento progresista de la sociedad. Recordaba, particularmente, como tantas veces le decía, su trabajo el “Asalto al Estado del Bienestar” (trasunto conceptual de la obra de Lukács) que publicó en “Argumentos” o su artículo en El País “Ni eficacia general ni homologación”. Aurelio era en aquel entonces para mí la Seguridad Social que yo identificaba con el Manual de Seguridad Social que había escrito con mi maestro Luis Enrique de la Villa. El tiempo pasó y años después me reencontré con él al iniciar mi camino en la Autónoma de Madrid.

Recuerdo que un día me encontré accidentalmente con él en la Estación de Recoletos y comenzó una conversación que se ha mantenido hasta hace pocos días. Luego el encuentro casual pasó a ser forzado por mi parte, que le esperaba los días que tenía clase para poder conversar con él. Más que conversar para escucharle porque yo a Aurelio siempre le he escuchado con devoción. Recuerdo aquél día que llegó al despacho antes de su clase y nos dijo: “Hoy toca aprenderse un verso del Marqués de Santillana -“En aqueste Valle al fresco viento/ andábamos cogiendo tiernas flores” (todavía lo recuerdo)-. De la UAM pasamos a su casa en la Calle Sirio donde yo acudía con reverencia a visitar al Maestro para que enjuiciara los textos de lo que sería mi Tesis. Allí estaba Lola siempre agradable, cariñosa y comprensiva. Y estaban también Eva y Elena iniciando su carrera universitaria o terminando sus estudios de secundaria. Y estaba Aurelio en su butaca de cuero marrón con su lápiz en la mano, su criterio, su opinión y sus muchas recomendaciones; todas cuidadosamente anotadas en sus famosas libretas. Todavía conservo los textos corregidos con las anotaciones de Aurelio; cuánto me ayudó y cuánto me animó en esos momentos de tanta incertidumbre.

La relación cobró nuevas formas en nuestros paseos por la Montaña (“el espíritu de la montaña”) y en 1996 publicamos una monografía firmada por los dos. Cualquiera que lea ese libro (“El desempleo como situación protegida”) verá con claridad quién es el único y exclusivo autor. Pero Aurelio me regaló poder ver mi nombre junto al suyo. En una comida que hicimos tiempo después en “Pereira” (le gustaba mucho su codillo) le regalé un libro de Concha Espina (él ya lo tenía, Aurelio tenía todos los libros y los había leído todos) en el que en la dedicatoria le decía que me había permitido cumplir un sueño.

Con Aurelio paseé mucho; monté en bicicleta por el Retiro, caminé por Santander y me enseñó a leer a Thomas Mann, a Martin du Gard (“si no has leído los Thibault sal corriendo ahora mismo y enciérrate en tu casa hasta que lo hayas terminado”); hablamos de todas las biografías de Safransky aunque la que más le gustaba era la de Schopenhauer, del Conde Duque de Olivares, la revolución francesa y hasta repasamos un día junto a Lola el mapa de Israel. Recuerdo una conversación, en uno de esos caminos por la montaña (en Casillas, concretamente) entre él y Eduardo García de Enterría hablando del libro de Furet: “El pasado de una ilusión”. Apasionante. Y recuerdo también aquel paseo por el Escorial después de comer un chocolate con picatostes en La Austriaca en el que visitamos la casa de Jiménez de Asúa.

Con Aurelio hablaba de Derecho pero le recuerdo sobre todo por su sed de saber y de conocer. Creo que en el fondo a los dos nos interesaba más esto último. No en vano a su queridísima nieta Ana le escribió una historia peripatética de la filosofía. Cuando nos veíamos, después de hablar de lo cotidiano, mi pregunta era recurrente: Aurelio, ¿qué estás leyendo? A partir de ese momento, se habría un mundo apasionante de reflexiones, de ideas, de opiniones, de juicios inteligentes.

Pensar que ya no tendré oportunidad de tener su generosa compañía intelectual (como le decía en el libro que le dediqué), me rompe el alma. Para la sociedad Aurelio Desdentado ha sido muchas y grandes cosas (TAC crítico, Abogado inteligente, Profesor excelente, Magistrado magnífico) pero yo le consideraba mi amigo y su pérdida es irreparable. Pido indulgencia a quien esto lea por solo hablar de mí cuando alrededor de nosotros siempre han caminado familia y muy queridos amigos pero en esta triste tarde de domingo en la que escribo estas letras he sentido que, por unos momentos, volvía a estar a solas junto Aurelio. 

6 comentarios en «Con Aurelio Desdentado en la memoria»

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