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Hay ciertos libros que se guardan para el verano aunque se compren en el mes de febrero, porque en el verano al placer de la lectura se le suman otros más carnales como leer en una tumbona, en la piscina o con una cerveza al alcance de la mano, con la algarabía del chiringuito de música de fondo. Aunque parezca contradictorio con estas sensuales formas de leer, la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV puede encontrarse entre esta clase de lecturas veraniegas.

Lejos de lo que se pudiera pensar, la Magnifica Humanitas está escrita con ritmo y se lee con fluidez; no acomete sesudas reflexiones sino que aborda sin rodeos y de cara los problemas de nuestra sociedad digital, para los que ofrece como respuesta una Doctrina Social de la Iglesia actualizada al signo de los tiempos, que podemos comenzar a llamar la Doctrina Digital de la Iglesia.

No es propósito de esta entrada hacer una recensión de la obra, sino entresacar aquellas cuestiones que puedan interesar a un laboralista del segundo cuarto del siglo XXI, católico o no, y animarle a su lectura, que seguro que será provechosa, aunque sólo sea para citarla en ámbitos profesionales y académicos.

Como es sabido, la encíclica tiene como tema principal los efectos de las nuevas tecnologías, especialmente de la inteligencia artificial (IA), y las amenazas que se pueden derivar de ellas para la Humanidad. Más allá de sus posibilidades técnicas y las implicaciones éticas y jurídicas que pueda tener, la IA sirve, a nuestro entender, como espejo en el que la persona se mira buscando lo intransferiblemente humano, lo que la imagen de espejo digital no puede devolvernos porque es «el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio» (párr. 99), condición de la que carece el algoritmo «que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior» (párr. 99).

La actual Revolución 4.0 lleva a la Humanidad a una encrucijada: «edificar una nueva Torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos» (párr. 1). La primera alternativa elige la homogeneización en lugar de la comunión, sacrifica la dignidad de la persona en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la ayuda de Dios, mientras que, para el segundo caso, el Papa recuerda cómo Nehemías reconstruyó Jerusalén tras el exilio babilónico sin imponer soluciones desde lo alto, confiando a cada familia un tramo de muralla, escuchando los temores y coordinando los esfuerzos. Es el momento de elegir entre uno u otro camino.

Al igual que se ha señalado en muchos otros ámbitos como uno de los principales riesgos de la digitalización, la Magnifica Humanitas considera que la IA no es moralmente neutra, pero la apariencia de objetividad que la envuelve puede apartar con eficacia y credibilidad a aquellos que no considere útiles, porque «cuando la eficiencia se vuelve la medida del valor, el ser humano se ve tentado a considerarse como un proyecto que debe optimizarse más que como una criatura llamada a la relación y a la comunión» (párr. 112). De esta manera, la Encíclica puede sintetizarse en que no cabe concebir un futuro digital que se desvincule de la dignidad de la persona.

Entre otras materias, el trabajo es abordado por la Magnifica Humanitas, que, más allá de verlo como forma de subsistir, lo considera «una cualidad inherente a la condición humana, un camino natural hacia la madurez, el desarrollo y la realización personal» (párr. 149); es decir, nos hacemos personas trabajando, experiencia esencialmente humana por la que, por cierto, la IA no puede pasar.

Por esta razón, el desarrollo de las nuevas tecnologías no puede significar, como señalan algunos, el fin del trabajo o la reducción de éste hasta una proporción insignificante. La inactividad forzada consecuencia del fin del trabajo (más aún de los laboralistas que vivimos de él) supondría condenar a la humanidad al simplismo y al infantilismo, con un inevitable empobrecimiento humano y cultural, del que algunas redes sociales son pregoneras; «nos encontraríamos ante una paradoja de progreso material y regresión antropológica, en la que desaparecerían las condiciones de una paz justa y estable» (párr. 154).

Es así que en la economía digital el trabajo debe mantenerse y ser un elemento relevante en la vida personal y social, misión que exige desde este mismo momento creatividad y adaptación. Los instrumentos propios de la revolución industrial que contemplaba la Rerum Novarum no son suficientes y los políticos, las asociaciones empresariales, los sindicatos, además del mundo científico, están llamados a consensuar un nuevo marco de protección del trabajo y de los trabajadores, del que podemos tomar como una primera expresión la reciente aprobación del Convenio 193 de la OIT sobre trabajo decente en plataformas; «regular sin asfixiar y proteger sin suplantar» (párr. 181) son las claves para una adecuada implantación de las nuevas tecnologías en nuestro mundo.

La Encíclica se detiene en la trata de seres humanos en todas sus formas y, en lo que a esta publicación respecta, a la creciente trata con fines de explotación laboral, fenómeno en los arrabales del Derecho del Trabajo, que precisamente por marginal y por dramático reclama la atención del laboralista, que no puede escudarse en formalidades jurídicas (es materia penal, falta el consentimiento del trabajador, no es una relación laboral…) para apartar la mirada de las peores formas de trabajo, pues «no reaccionar con firmeza o tolerar de cualquier modo estas prácticas significa, en cierta medida, hacerse cómplice hoy de las culpas cometidas ayer» (párr. 175). En este ámbito la Encíclica demanda una «mayor transparencia en las cadenas de suministro que sustentan la industria tecnológica y la economía digital» (párr. 179), a la que nos atrevemos a añadir otros sectores como la agricultura, la hostelería o los servicios del hogar familiar.

La lectura de la Magnifica Humanitas es muy recomendable por varios motivos. El primero de ellos es que es un documento que va a ser el referente ético, o uno de los principales referentes, de la Revolución 4.0, no sólo por su origen, sino porque está llamada a permanecer en el tiempo; se aborda la digitalización de una manera que la doctrina formulada no corre riesgo de obsolescencia. En segundo lugar, frente a la literatura jurídica especializada que limita la persona a la cualidad de trabajador, de usuario de redes sociales o de creador artístico, la Encíclica observa al ser humano en su integridad, de forma que sus reflexiones sirven tanto de base como de complemento para afrontar aspectos concretos de la relación entre nosotros y el universo digital. En último lugar, el documento es claro y contundente; como cuando en las comidas familiares en las que se arma revuelo, de repente el abuelo habla y todos callan.

Para concluir, sólo nos cabe una humilde crítica a la Magnifica Humanitas, que es la de contemplar casi exclusivamente la faceta más peligrosa y dañina de las nuevas tecnologías, obviando todas las cosas buenas que nos han traído y nos traerán. Dijo San Juan XXIII al abrir el Concilio Vaticano II, época tanto o más difícil y desalentadora que la actual, que era justo disentir de los «profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente». Si en aquel momento el mundo sobrevivió a la Destrucción Mutua Asegurada consecuencia de la amenaza nuclear, el mundo actual, que es mucho mejor que el de hace sesenta años, será capaz de superar este histórico reto, pues, continuaba el discurso «la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados».

1 comentario en «Magnifica Humanitas, una recomendable lectura de verano»

  1. Creo que el Padre León XIV ha tenido un gran acierto en centrar su Encíclica, después de leerla, en centrarla también en algunos extremos a que puede llegar la Inteligencia Artificial, si olvidar otros que van en beneficio de todos-as en el Mundo. Vivimos en un mundo materialista en exceso, muy digitalizado, y con ello teledirigido desde empresas particulares que tienen intereses en ello, y de libre albedrío, donde la ética no existe en el lejano Oeste (2 grandes países). Se habla por alguien de una «algorética», ó etica aplicada a los algoritmos cada vez más necesaria. La hipercomunicación por excesiva digitalización, con el uso de móviles, ha traído a la Sociedad, en mi opinión una fragmentación social, débil, precaria, fácil de manejar por intereses que muchas veces no están siendo los adecuados para el bien común, por eso advierte el Santo Padre, con perspicacia, que debemos estar atentos a estos cambios, formarnos continuamente para evitar manipulaciones extrañas ajenas a nuestra voluntad, consciente o inconscientemente, y ejercer una capacidad crítica a esta realidad que más que informa, impone en la práctica. Es una simple opinión muy meditada.

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