Si H.G. Wells nos prestase su literaria máquina del tiempo y nos permitiese viajar a finales de la década de los 80 del siglo XX, reconoceríamos rápidamente un típico puesto de trabajo de oficina. Franqueado por mesa, silla, cajonera y armario, en aquellos cubículos plagados de bolígrafos y pots-it, siempre localizaríamos un teléfono fijo, una agenda, una calculadora y un garabateado calendario; si agudizásemos el oído, el ambiente estaría marcado por el tono de llamada del fax, el vaivén de la fotocopiadora, el mecánico golpeteo de un arcaico teclado o incluso el chirrido de algún módem primigenio. Hoy, casi nada de esto identifica un puesto de trabajo; de hecho, hasta la misma ubicación física del trabajo ha migrado de los edificios corporativos a los hogares, los cibercafés o incluso se trabaja mientras nos desplazamos.
Las diferentes oleadas tecnológicas han ido transformando nuestros espacios y nuestra forma de trabajar a una velocidad inaudita; pero cuando verbalizamos esta constatación siempre nos vemos obligados a concluirla con otra aseveración: “y todavía no hemos acabado”.
Efectivamente, la emergencia de nuevas y más disruptivas tecnologías nos hacen prever más transformaciones. Hoy la tecnología de moda es la Inteligencia Artificial, como en su día lo fue una intranet corporativa y antes una suite ofimática. Pero a base de subsumirnos en las dinámicas del cambio continuo no siempre nos detenemos a valorar si estas transformaciones son tan intensas o masivas como creemos, si afectan a todos los sectores y empresas, y si a tales metamorfosis se les acompaña de competencias profesionales y trabajo de alta cualificación. Es fácil mantener conversaciones sobre la potencialidad de la IA; pero no siempre nos preguntamos cuantas empresas realmente la están poniendo en producción. Y así con el resto de las tecnologías disponibles.
En UGT llevamos más de un lustro intentando hacer este ejercicio de reflexión. Recientemente hemos publicado la sexta edición de “Digitalización de la empresa española”, un análisis donde se puede comprobar no sólo la capilaridad real de las nuevas tecnologías en nuestro tejido productivo, sino también su alcance laboral y económico.
Los datos más recientes suponen un baño de realidad que no deberíamos ignorar. Por mucho que acapare las conversaciones, la Inteligencia Artificial aún es una tecnología incipiente entre nuestras empresas. Apenas un 12,4% de las firmas la emplean, lo que constata un mediocre incremento desde 2022 (0,55%). Si además descendemos a verificar el uso que se hace de ella, comprobamos que la IA para la automatización de flujos de trabajo se cifra en un 40%; podemos deducir entonces que alrededor de un 5% del total de empresas de nuestro tejido productivo desarrolla IA de orden laboral. Si atendemos a la vorágine mediática que acapara la IA, el dato parece decepcionante.
Si ampliamos la mirada a los niveles globales de tecnificación empresarial, tampoco encontramos motivos para el optimismo. Si bien las empresas con los niveles más bajos de digitalización han descendido en 5 puntos porcentuales – del 71,7% de 2022 al actual 66,65%-, que 2 de cada 3 empresas españolas se sitúe en un nivel “bajo o muy bajo” de intensidad digital continúa siendo una pésima noticia, y más teniendo en cuenta la situación de otros países de nuestro entorno. Sin ir más lejos, Portugal “sólo” presenta un 62% de empresas con bajo/muy bajo nivel digital (4 puntos menos que España). A pesar de las recientes críticas a la baja digitalización de las PYMES alemanas y que supuestamente explicarían una parte de su crisis económica, apenas un 58% de las mismas se pueden considerar con retraso tecnológico (8 puntos menos que en nuestra economía). Ni que decir tiene que, además, este retraso tecnológico presenta grandes diferenciales por sectores productivos y por tamaño de empresa, lo que redunda en las malas noticias si recordamos que una gran parte de nuestra economía reside en actividades de muy bajo valor añadido y que España es un país de microempresas.
Las consecuencias de este retraso tecnológico tan generalizado son un agujero comercial de dimensiones difícilmente sostenibles. Nuestro saldo neto exterior digital ha alcanzado los 37.000 millones de euros, nueve veces más que hace una década. Un 2,46% del PIB que, literalmente, se nos escapa online, puesto que el negocio digital generado en España y que se queda en nuestras fronteras se circunscribe al 30% – once puntos menos que en 2014-.
Con este panorama competitivo no nos debería extrañar los consecuentes malos indicadores del apartado laboral, que en nuestro estudio representamos como un triángulo: un lado lo compondría el uso y aprovechamiento de las herramientas digitales por parte de las personas trabajadoras; otro se refiere a la formación en nuevas tecnologías y el último componente del trígono lo representaría la presencia de expertos TIC en las plantillas. En todos los casos, los datos son francamente negativos.
Así, en pleno 2024, un 32% de nuestra población trabajadora no usa un ordenador en su puesto de trabajo y otro 36% nunca utiliza Internet dentro de su actividad laboral. Como se puede comprobar, no es necesario viajar al siglo pasado para ver puestos de trabajo absolutamente analógicos.
Si hablamos de especialistas, la presencia de expertos en TIC entre las empresas españolas se ha reducido al 15,7%, la cifra más baja desde 2007 y once puntos menos que en 2015. En las empresas entre 10 y 49 empleados la decadencia es tan acusada que hoy solo quedan la mitad de expertos que en 2014 (en una década se ha pasado del 20 al 10%). Incluso en las grandes empresas se constata un frenazo en la contratación (se anotan cifras inferiores a 2018).
Finalmente, el tercer lado de este triángulo de fuerza de trabajo digital lo compone la formación en nuevas tecnologías que imparten las empresas. En un momentum presidido por el consenso en la materia, que el porcentaje de empresas que imparten formación TIC esté a la misma altura de 2015, con un 22,3%, es una noticia pésima, desoladora, inconcebible.
Todas estas cifras van en sentido diametralmente contrario al que seguramente teníamos en mente, cuando visualizamos aquella oficina de 1985 y nos imaginamos un futuro donde un asistente de IA nos ayuda a poner la nube nuestro último proyecto, lo empaquetaba en un pulcro email y agendaba su presentación. Este tipo de fascinación tecnológica no está atrapando en una peligrosa ensoñación; deberíamos poner los pies en el suelo, ir más allá del mensaje mediático y afrontar la realidad que nos rodea: o digitalizamos nuestro tejido productivo y mejoramos la prestación tecnológica de nuestra fuerza de trabajo o nuestra economía lo acabará pagando caro.


2 comentarios en «Digitalización y trabajo, ¿en dónde estamos?»
Muy interesante! está claro que urge mejorar la digitalización y la capacitación tecnológica en el tejido productivo español para evitar consecuencias económicas negativas.
Me quedo con la conclusión tal cual: o digitalizamos o nos comen.
Ademas, lo dice un sindicalista de UGT, por que esa es la otra pata de la digitalizacion: que se haga con derechos laborales y con reparto del dividendo digital.